martes, 7 de septiembre de 2010

Dolomiti d´Ampezzo

Desde Zell am See nos dirigimos a Cortina d’Ampezzo, centro neurálgico de los Dolomitas. Allí pasaríamos unos días conociendo la zona y disfrutando en algunas de las numerosas vías ferrata de la zona. 
Sin duda, una de las escapadas obligadas en los Dolomitas es el recorrido por la zona de las Tres Cimas de Lavaredo, tres torres espectaculares con algunas de sus caras totalmente planas… 
Tre Cime di Lavaredo
De las distintas rutas que se pueden elegir, nosotros optamos por el recorrido hacia la cima del Paterno, un monte situado en frente de las Tres Cimas a donde se sube por caminos equipados, por lo que es muy recomendable llevar el  kit de seguridad para vía ferrataSe trata de una ruta circular que partiendo de los refugios Auronzo y Lavaredo (a los que nos acercamos tras dejar el coche en el aparcamiento), se dirige a lo alto del monte Paterno (2744), para descender al refugio Locatelli y, desde allí, nuevamente al aparcamiento.  He de reconocer que en algún momento me temblaron las piernas, ya que en la primera parte del recorrido había algún hueco sin la equipación que yo hubiera deseado.
El camino de descenso atraviesa un conjunto de galerías excavadas durante la Primera Guerra Mundial... Si os animáis, no olvidéis el frontal .
Después de esta aventura, nada mejor que un relajante descanso en uno de los hotelitos de lujo de San Cassiano. No es que seamos habituales de estos lugares, pero aún no habíamos consumido el segundo regalo (lo que significa que hubo un primer regalo) de nuestros compañeros y compañeras del currelo: una estancia en un Relaix & Chateaux,  ¡y no era cuestión de desperdiciar la ocasión.


martes, 1 de septiembre de 2009

Cascada de Sorrosal

En una de las habituales escapadas pirenaicas llegamos a Broto, donde vimos publicidad de la ferrata de Sorrosal, un camino equipado que recorre toda la cascada y parte del barranco del Sorrosal en un itinerario variado, con un puente, varias escaleras y hasta una pequeña cueva.


Al día siguiente preparamos el equipo y fuimos a patearla. Desde el mismo aparcamiento de Broto accedemos a ella en apenas 5 minutos por un cómodo sendero. La vía en cuestión es espectacular por su variedad, diseño, pasos aéreos… Además, está muy bien cuidada (el propio ayuntamiento se ocupa de su mantenimiento), y eso es algo a tener muy en cuenta cuando te embarcas en estas aventuras.


Desde arriba las vistas son espectaculares: es el balcón de Broto. Allí te reunes con los que están haciendo la ferrata,  con los que practican barranquismo y con los que hacen el descenso de la cascada mediante rapel.

Clavijas de Cotatuero

Pues resulta que a mi hijo, que le va el rollo de la escalada, le invitaron a pasar un fin de semana en Ordesa, le colocaron un par de cuerdas a modo de arnés y lo llevaron a las clavijas de Cotatuero… Llegó entusiasmado… y fue mi perdición. Enseguida me dijo que tenía que ir con él, que él me enseñaría cómo cruzar las clavijas, que no me preocupase por nada… Pero conociéndole, sí me preocupé, vaya que si me preocupé, sobre todo cuando vi a Iñaki en YouTube en compañía de su amigo Imanol y el padre de este (por cierto, ¡qué falta de solidaridad parental!).

Así las cosas, me empecé a informar del tema de las vías ferrata y del equipo necesario para salir de ellas con más gloria que pena. Habíamos quedado que en la segunda semana de agosto nos encontraríamos en el camping de Torla para repetir juntos la hazaña… Sin embargo, yo, hombre prevenido y padre, pensé que sería mejor investigar la zona y los retos propuestos por mi hijo con cierta antelación, así que quince días antes mi señora y servidor (sin que el niño se enterara) fuimos a conocer las clavijas.

La idea era remontar las clavijas para regresar por la Faja de las Flores y por las clavijas de Salarons. Pero como alucinamos tanto, pensamos que era mejor malo conocido que bueno por conocer, así que volvimos por el mismo sitio. A pesar de todo, pude comprobar que, aunque bastante patoso, estaba aún en condiciones de no hacer el ridículo más espantoso delante de mi retoño y de salir airoso y con cierta dignidad de aquella encerrona.

La segunda vez que me acerqué a las clavijas, entonces ya en compañía filial, volví a alucinar. En esa ocasión más aún, ya que que saqué a pasear todas mis dotes artísticas para simular que estaba al borde del éxtasis. Mi hijo no sospechó nada y durmió orgulloso de haber logrado sorprender su padre (una vez más).